domingo, 6 de septiembre de 2026

la obligación de anticiparnos al futuro

 ABSTRACT

No podemos prever exactamente cuál será la próxima necesidad energética, pero sí podemos prever que aparecerá y que la infraestructura necesaria para atenderla tardará mucho más en construirse que la propia necesidad en aparecer.

«Las tendencias permanecen; a veces la velocidad se ralentiza o se acelera, pero la realidad se va imponiendo.»

 

1. No sabemos qué necesidad energética aparecerá mañana.

Centros de datos, IA, computación cuántica, agua, desalación, combustibles sintéticos...

2. Pero sabemos que todas ellas tendrán un denominador común: energía y, cada vez más, electricidad.

3. Las infraestructuras eléctricas necesitan mucho más tiempo que el que necesita la aparición de las nuevas necesidades.

4. No podemos esperar a que aparezca la necesidad para empezar a construir la infraestructura.

5. Y para anticiparnos necesitamos visión política, planificación y capacidad de decisión, no solamente mecanismos de mercado.

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Tan solo hace cuatro días el debate se centraba en la necesidad de energía eléctrica para la sustitución de la flota actual basada en energías fósiles por un nuevo modelo de movilidad basada en la energía eléctrica. Se nos decía imposible y tal vez lo sigue siendo hacerlo en su totalidad. El debate continúa.

 

Como un vendaval y tres una ligera brisa premonitoria surgida a raíz de la última sequía, el debate viró acerca de la demanda eléctrica para los centros de datos y tal vez quedan pocos lustros antes de que se nos avecine otra ola con el “cloud computing” o no tan lejos la computación cuántica. Igual que el trabajo se traduce en energía y la velocidad se traduce en potencia, los bits no tardan en traducirse a watts i los bit/seg se traducen en Gigawatts a pasos agigantados.

 

Sorteando el tema de que tipo de datos son los que realmente estamos almacenando y su presunta vinculación a un síndrome de Diogenes digital colectivo, quisiera centrarme exclusivamente en el tema eléctrico.

 

Ejerciendo nuestra habilidad para olvidar el pasado y procrastinar el futuro, tendemos a perder la oportunidad de ejercitar el presente.



Hoy el agua ya es un tema de espacial preocupación cerca de nuestras fronteras, pero esta llamada a serlo en todos sus aspectos no solo relacionados con su obtención sino especialmente asociados a sus usos y su “domesticación” ya que en un mundo especialmente antrópico tiene tendencia a mostrar en ocasiones su mal carácter.

 

Como recordaba Bob Dylan en la letra de sus canciones los tiempos cambian y a partir de una edad vemos con mayor claridad que lo hacen más rápido de lo que creemos. 

 

Las tendencias permanecen, a veces la velocidad se ralentiza o acelera, pero con matices la realidad se va imponiendo.

Como se ha atribuido a Julio Verne: «What one man can conceive, another can achieve». La capacidad de imaginar precede a la capacidad de realizar.

 

En toda esta secuencia hay un común denominador máximo que es la energía y especialmente la electricidad como vehículo conductor de origen y de destino, de energías y de necesidades.

 

La realidad es que la electrificación de todos los procesos es una necesidad imperiosa por varios motivos y la crudeza es que este cambio exigirá no tan solo modificaciones en nuestras infraestructuras sino también en la gobernanza y los modelos de negocio tal y como los tenemos actualmente establecidos que requerirán largos períodos de tiempo. 

 

Una línea eléctrica de gran capacidad, una central hidráulica de almacenamiento o incluso la reconversión de una existente en una central de bombeo, incluso la construcción de una gran subestación eléctrica requiere actualmente dilatados períodos de tiempo. En estas situaciones dejarlo todo exclusivamente en manos de mercado puede ser suicida por qué el mercado puede llegar tarde cuando se trata de infraestructuras con plazos de ejecución de muchos años.

 

Un elemento lo puede cambiar todo: la desesperación; pero tampoco es un escenario deseable puesto que evidencia que se ha llegado tarde y la necesidad de actuar bajo una fuerte presión del estrés como pudimos comprobar con la COVID donde los tiempos de puesta en mercado de las vacunas estimado en 10 años de pruebas y convalidaciones se redujo a 10 meses. La urgencia no debería ser el mecanismo mediante el cual conseguimos hacer lo que ya sabíamos que teníamos que hacer.

 

Si realmente fuésemos una especie inteligente como nos atribuimos, deberíamos dedicar menos esfuerzos a eliminarnos estúpidamente entre pueblos y mirar de colaborar en un objetivo tan inane e intrascendente como intentar sobrevivir.

 

Como siempre estamos obcecados en la noticia de los últimos 15 minutos hoy lo sofocante es el intenso calor veraniego y la discusión se centra en el papel y la sostenibilidad de los sistemas de aire acondicionado, pero mañana volverá a surgir el tema recurrente de la sequía y la necesidad “urgente” de procesos de desalinización, recuperación y potabilización del agua acelerando el proceso natural del ciclo del agua. Este tema ya es una realidad en el centro de Europa y lo será el próximo año en nuestro país a pesar de la holgada situación que tenemos en el presente. 

 

Si este es el escenario de ayer, hoy y mañana, pasado mañana aparecerán otros temas para los cuales hoy no disponemos ni de vocabulario para poder expresarlos y otros que podemos intuir como la necesidad de sustituir los combustibles fósiles actuales por otros sintéticos que procedan de la recuperación del CO2 mediante la utilización de energías de origen renovable.

 

No se trata de un proceso novedoso puesto que este ciclo del carbono dio origen a los primeros mecanismos humanos para la obtención de calor y de energía en un ciclo natural del CO2 con el apoyo de la vegetación y la fotosíntesis. Tal vez el futuro pase por integrar este ciclo del CO2 en los sistemas energéticos acelerando dicho ciclo mediante actividad industrial como se hizo anteriormente con el ciclo del agua.

 

En cualquier caso, el tema central del debate surge alrededor de la energía, su procedencia, su uso y su sostenibilidad y aquí surge el tema principal que nos debería servir de guía.

 


La tierra como planeta en medio del universo y especialmente por su proximidad al sol, es un sistema cerrado que energéticamente, para mantener un equilibrio solo puede contar con lo que recibe del sol y lo que como objeto es capaz de radiar hacia el exterior. Con este equilibrio el planeta ha sido capaz de sostenerse en el pasado y ha tenido que soportar los cambios climáticos a veces traumáticos cuando estos flujos han sufrido variación.

 

Este paradigma tendría que ser la base de nuestra toma de decisiones por lo que introducir en la fórmula nuevos componentes como sacar de la chistera grandes cantidades de energía para que entren en juego cuando la tierra no es capaz de balancear este equilibrio mediante emisiones al espació sin duda creara un desequilibrio que se manifiesta en el clima porque al final la energía se manifiesta en forma de calor.

 

La brillante idea de finales del siglo XIX y especialmente en el XX de desenterrar y poner en el tapete de juego la energía fósil que el planeta había ido enterrando pacientemente en el subsuelo a lo largo de milenios, entendemos hoy que no fue una buena idea. Toda esta energía zombi esta hoy bailando entre nosotros ante el pasmo de la tierra y ha generado un sentimiento de adicción entre la población que habrá que ir desactivando y requerirá décadas.




La notica buena es que el sol es muy generoso con el planeta tierra y la energía que recibimos de él es muy superior a la que realmente necesitamos. Estamos bañados en energía y si lo estamos ¿qué necesidad tenemos de ir hurgando bajo tierra para buscar más?

El problema energético de la humanidad no es la ausencia de energía, sino nuestra forma de capturarla, transformarla, almacenarla y utilizarla.

 

Prueba de ello es que la tierra con la ayuda de plantas y animales durante milenios no ha sabido que hacer con ella y la ha ido almacenando en el subsuelo en forma de carbonatos cálcicos (huesos, conchas y caracoles), complejas cadenas de hidratos de carbono, gas, petróleos y en el extremo con una máxima compresión en forma de carbón.

 

En esta secuencia, el sol además de la radiación directa térmica y lumínica nos ofrece vientos, mareas y especialmente el ciclo del agua que aprendimos a domesticar en nuestros ríos con la conversión de la energía potencial del agua y su transformación en electricidad y que hoy con la tecnología de bombeo nos permite gestionar mejor. También el ciclo natural del dióxido de carbono usado primitivamente para la obtención de calor mediante su combustión o como material de construcción pero que también tiene un gran potencial de futuro susceptible de ser “domesticado”  mediante el uso de energías de origen renovable, para la obtención de los combustibles sintéticos que puedan resultar imprescindibles y que ya no deberán ser destilados a partir de traer a la superficie las energías muertas y enterradas y no aparezcan en forma de zombis al estilo Michael Jackson.

 

Ante este escenario la electricidad y la electrificación surge no como una opción sino como una obligación con la crudeza que nos impuso en su momento la creación de una solidaridad y un proyecto mundial para obtener una vacuna para la COVID.

 

Aunque no contemos bajas cada día como hicimos en la COVID, de una forma más velada pero igual de intensa nos enfrentamos a un desafío igual de exigente porque el reto es igual de desafiante. Actitudes como “sí, pero así no” o la más reconocida “nimby” son un obstáculo para avanzar y estas actitudes merecen ser desacreditadas porque el fenómeno contra el que se lucha y los medios que habrá que activar tienen una dimensión extremadamente técnica y humanamente desafiante. Ante ello las instituciones y el nivel de estadista de nuestros dirigentes deberá ser puesto a prueba. La transición exige infraestructuras, inversión, planificación, tiempo y decisiones que probablemente generarán oposición social.

 

Soluciones las hay, el nivel de exigencia económica y los recursos que habrá que poner a prueba son ingentes y los tiempos de puesta en marcha y los cambios estructurales en las infraestructuras así como los cambios en los modelos de negocio a los que estamos habituados también lo son, por lo que habrá que recordar las palabras de Cornelio Tácito “inertiae dulcedo” en el año 98 d.c. en Roma para entender los peligros de la falta de empatía y el coste de rendirse a la inercia o a la pereza, porque, si, da mucha pereza ponerse a ello.

 



Mientras tanto deberemos seguir atados a nuestra adicción a la energía, deberemos seguir quemando gas y aprovechando la energía nuclear o incluso incorporando alguna nueva quizá con otras tecnologías como los SMR mientras no tengamos opción, pero es imprescindible identificar el problema y ponerse a ello no ya por nosotros que llegamos tarde sino por las generaciones del futuro, pero no podemos seguir desenterrando cadáveres para devolver a la atmósfera todo aquel CO2 que la tierra con paciencia de Abraham había ido depositando debajo de la alfombra.

                              … y el uranio?  también mejor dejarlo donde está.